MARGARITA
Elisabeth me invita a jugar con su pelota azul. Le digo que me espere un momento, que estoy tratando de hacer un retrato lindo de su madre. Desde que llegué, la niña no me ha quitado los ojos de encima. Se acerca e intenta mirar a través del visor de mi cámara. Pongo su dedito sobre el obturador: «¡Dispara!», y le muestro la foto que acaba de hacer. Me mira deslumbrada y me pide hacer más: «Hagamos un trato: cuando termine, te dejo la cámara para que saques un par de fotos». Así consigo que Elisabeth se quede quieta, al menos durante unos minutos.
Evelyn, su hermana mayor, viene desde el fondo del pequeño apartamento atenta a la pantalla de su celular, pero igual advierte mi presencia y me saluda con una sonrisa. Tiene 13 años; es una adolescente dulce y huidiza que se pierde escaleras arriba hacia su dormitorio.
Margarita, la madre de las dos niñas, vive en ese pequeño apartamento de la calle Oquendo desde hace apenas un año. Es una mujer de 36 años, cordial, de hablar pausado, piel cobriza y ojos grandes de un marrón claro que absorben toda la atención. Nació en Baracoa, en el extremo oriental de la isla, una de las regiones más hermosas y exuberantes de Cuba. Estudió para ser instructora de artes escénicas, pero por el momento no trabaja. «No vale la pena, porque el dinero que puedes ganar en mi profesión no alcanza para nada.» Muy joven, se enamoró y, junto a su pareja, construyó una casita en su ciudad. A sus 22 años, llegó Evelyn, su primera hija, pero la pequeña familia pronto se deshizo cuando el joven padre se marchó. La bebé tenía escasos nueve meses y desde entonces nunca más han vuelto a tener contacto. Tiempo después, Margarita volvió a casarse, esta vez con un fiscal, y construyó otra casa: «Aquella casa era espaciosa, con tres dormitorios, cada uno con colores diferentes: azul, rosado, verde…» Tenía, además, una sala, un comedor, una cocina, jardines laterales y un patio de tierra con árboles frutales y hortalizas. «Era una casa de verdad, de bloques y hormigón». Comenzó a trabajar como instructora de teatro en una escuela especial para niños con discapacidad. Amaba lo que hacía: «Me encanta trabajar con niños. Con ellos es más fácil lograr el resultado que uno desea».
Pero el infortunio no tardó en separarla de su nuevo esposo. El fiscal fue condenado por un delito económico y sentenciado a 10 años de cárcel en una prisión de La Habana. Ahí comenzó una larga y dura historia de desarraigos y desventuras para Margarita. Los viajes de un extremo a otro de la isla para visitar a su esposo en la cárcel se volvían cada vez más angustiosos y costosos. Evelyn, aún pequeña, muchas veces la acompañaba. En algún momento comenzó a notar la tremenda avidez con que su pequeña hija miraba y descubría cosas: La Habana ofrecía muchas más posibilidades que aquella pequeña ciudad de provincia donde vivían. Fue así como Margarita decidió renunciar a su plaza de profesora, vender aquella casa de sus sueños que con tanto esfuerzo había construido y mudarse definitivamente a la capital. No faltó una mano bondadosa que la guiara y le brindara ayuda. Evelyn se acostumbró rápidamente al nuevo lugar, hizo amigos en la escuela y en la catequesis y descubrió su pasión por el canto y los bailes españoles. Margarita era feliz viendo a su niña florecer y, al mismo tiempo, sentía cómo su matrimonio languidecía. La persona con la que se había casado le parecía cada vez más extraña; en definitiva, habían compartido demasiado poco tiempo como para sostener una relación a distancia. Aquel segundo matrimonio terminó.
Pasaron cuatro años en los que el mundo de Margarita giraba únicamente en torno a su hija. Trabajaba en una casa donde limpiaba, cocinaba y cuidaba a dos niñas. Además, los fines de semana hacía manicura; tenía unas 30 clientas a las que arreglaba las manos en sus domicilios; hacía dulces caseros y velas artesanales para vender; limpiaba en otra casa… «El dinero que ganaba me alcanzaba para mi hija y para mí. La llevaba a pasear; podía comprarle zapatos y comida.» Pero también vivió momentos amargos. Margarita alguna vez tuvo que dormir en el suelo y verse sin un plato de comida. No tengo dudas de lo dura que ha sido su vida; lo intuyo por la suavidad de su mirada y la calma que brota de sus palabras.
Un día, al pasar por el parque de una iglesia, alguien se le acercó para preguntarle si sabía dónde podía comprar una tarjeta de acceso a internet. Era un extranjero que andaba perdido. «Lo guié hasta el lugar. Pero, al ver que no tenía suficiente dinero, le compré la tarjeta y se la regalé; también le compré para comer.»
Marcos es un peruano que vive en Francfort desde hace más de 3 décadas. Tiene 63 años y trabaja en el aeropuerto como técnico operativo. Se ven muy poco; quizás, con suerte, una vez al año. «Antes quería que él viniera a vivir aquí con nosotras; soñaba con que los tres estuviéramos juntos y viviéramos en familia. Pero hoy ya no veo futuro aquí y quiero irme.» Se le iluminan los ojos cuando me muestra sus fotos y veo a un hombre afable, de mirada despierta y aspecto más bien japonés. De aquel encuentro fortuito en el parque de una iglesia, surgió una amistad que luego devino en romance. Marcos regresó a La Habana una y otra vez. Invitó a Margarita a Perú para que conociera su ciudad, sus parientes y amigos. Hablaban por teléfono a diario, varias veces, pero la distancia ya era invivible y entonces decidieron casarse. Adoptó a la pequeña Evelyn, quien hoy lo considera su padre, y asumió la responsabilidad de sostener económicamente a la familia. Volvió a Cuba y viajó con ella a Baracoa. En presencia de su madre, su hija y su abuela, le entregó un anillo que simbolizaba el compromiso y luego regresó a Francfort para preparar los documentos de formalización. Inmersa en los trámites para el casamiento. Margarita descubrió que estaba embarazada de Elisabeth. «No te imaginas la alegría». Solo faltaba que Marcos atravesara el Atlántico otra vez. «Tenía los documentos; estaba todo preparado para casarnos por la iglesia y por lo civil. Hasta un vestido de novia que me entallara bien, porque ya se comenzaba a notar el embarazo». Pero llegó el COVID. Se cerraron las fronteras, se cancelaron los vuelos y todo se paralizó. Margarita dio a luz a Elisabeth en La Habana, en ausencia de Marcos, pero aupada en todo momento por su amor y su preocupación. Tras el reinicio de la vida normal tras la pandemia, Marcos viajó a Cuba para conocer a su pequeña. Elisabeth tenía 1 año y 8 meses.
«Si no hubiera sido por la niña, quizás nuestra relación no hubiera resistido esos dos años. Pero, por suerte, no fue así.» Y el pardo de sus ojos se vuelve más intenso y cristalino. Le digo: «¿Ya ves? No hicieron falta firmas.» Y Elisabeth viene saltando por las escaleras, se me acerca y me pregunta: «¿Ya puedo hacerle fotos a mi mamá?»
Zúrich, diciembre 2025















