Ileana, 63
En casa de Ileana en El Vedado
Ileana, 63
En casa de Ileana en El Vedado.
Recuerdos de familia.
Ileana, 63
Recuerdos de familia.
Ileana, 63
En casa de Ileana en El Vedado.
Recuerdos de familia.
En casa de Ileana en El Vedado.
Ileana, 63

ILEANA

Es tempranito en la mañana y ya estoy tocando a la puerta de Ileana. Quizás tengamos una hora y media para tomar las fotos antes de que llegue su esposo. Cada mañana Justo regresa de la casa de su madre, donde pasa la noche, a desayunar. «Ya tengo todo listo para cuando él llegue, así que podemos comenzar».

La suegra de Ileana está postrada desde hace tres años, tiene cáncer, está demente, entre otras cosas. «Siempre fue muy fuerte, pero ya tiene más de 90 años». Todas las tardes, justo sale del trabajo y va directamente a casa de su madre. Durante el día la anciana tiene una cuidadora a cargo, pero por las noches él la cuida y le da la comida. «Yo le preparo un puré todos los días y él se lo da». La madre solo come de la mano de su hijo y a duras penas. «Mi suegra ya no responde, tiene muchas escaras en el cuerpo y pasa la madrugada quejándose. Muchas veces Justo no puede pegar un ojo». Cuando llega la cuidadora por la mañana, él regresa a su casa y desayuna con Ileana; luego continúa hacia el trabajo. Y del trabajo, otra vez, a casa de su madre. Así transcurren sus vidas. «Estamos haciendo un tremendo sacrificio. Hace tres años que vivimos así. Estoy sola».

Los dos hijos de Ileana emigraron. Óscar es filósofo y vive en La Florida; Luis Alberto es informático y está en Portugal. «El año pasado visité a mi hijo en Lisboa. ¡Es todo tan bonito allá! Yo solita viajé. Por primera vez en mi vida salí de esta isla. ¡El mundo es tan distinto!» Y mientras me cuenta, sonríe y se mece eufórica en su sillón. «Volé por Madrid. Ese aeropuerto es enorme, pero no me perdí». Veo en una mesita esquinera varias fotos de sus hijos con sus esposas y de los tres nietos. Parecen ser felices. «Quise sacar la visa desde Lisboa para EE.UU. y así visitar a mi otro hijo, pero con lo de Trump, ahora no se puede. Hay que hacerlo desde Guyana; la embajada en La Habana está cerrada». Entre 2021 y 2024, más de 1 millón y medio de cubanos emigraron de la isla; de ellos, más de 850 mil rumbo a los Estados Unidos. Pero el éxodo ha sido constante en estas seis décadas. Fuentes independientes aseveran que la población cubana ha decrecido en los últimos 25 años de 11 a 8,5 millones de habitantes.

Me ofrece un café, acompañado de unas galletitas exquisitas. Yo aprecio especialmente ese detalle porque sé que conseguir cualquier cosa en La Habana es un sacrificio. Ileana siempre está bien arreglada desde temprano en la mañana. Es muy bonita. Con 63 años luce magnífica. «Siempre me verás con los labios pintados. La gente aquí ya no se regala un detalle. Uno no se puede dejar aplastar; hay que mantener la frente en alto». Y es muy cierto. Ella, junto con Guadalupe, Merceditas y Olimpia, es una de las Chicas del Tai Chi, como las bauticé. Juntas entrenan, celebran cumpleaños, comparten las noticias que llegan de sus hijos ausentes, se juntan para tomar un café y, alguna vez, van al cine o al teatro… Y así comparten la soledad.

Le pregunto si puedo tomar algunas fotos en su dormitorio. «¡Ay, no! ¡Mira qué desorden!» Veo por la puerta entreabierta, sobre la cama, ropa apilada, artículos de higiene, paquetitos de galletas, potes de yogur UHT… «Es que pronto ingresaré en el hospital.» La miro perpleja. «Me han detectado un pequeño tumor en la glándula suprarrenal y me controlan cada seis meses. Posiblemente haya que operar». Y sus ojos se empañan de lágrimas, y miedo. «Ninguno de mis hijos está; mi esposo tiene que cuidar a su madre». Yo siento escalofríos.

Aunque no lo parezca, Ileana ya es jubilada. Nació en 1962 en Cascajal, un pueblo de la antigua provincia de Las Villas en el centro de Cuba. Se fue a La Habana a los 15 años a estudiar bioquímica; no le gustó y terminó siendo economista. Pero ya se había ido de casa mucho antes. A los 11 años, cursando el 6.º grado, entró a una beca. Sus padres no querían, pero la revolución así lo dispuso. Una beca en la Cuba posrevolucionaria no significa recibir un subsidio de alguna institución para estudiar, sino en cursar la escuela en un internado rural. Ese experimento, iniciado por el gobierno en 1972, consistía en un conjunto de edificaciones de modelo soviético construidas en zonas rurales y diseñadas para crear al „hombre nuevo». Allí los estudiantes eran utilizados como fuerza productiva, alternando entre el estudio y el trabajo agrícola, lejos del resguardo de sus padres. Diariamente trabajaban tres o cuatro horas en las granjas del Estado, sin conocimientos ni retribución. Dormían en albergues carentes de privacidad e higiene y solo regresaban a sus casas los fines de semana. Entre las décadas de los 70 y los 80 se construyeron más de 700 escuelas de este tipo y por sus aulas pasaron más de 500 mil estudiantes, hasta que en los años 90, debido a la inmensa crisis causada por la desintegración de la Unión Soviética, fueron cerrando paulatinamente.

«Una vez recogíamos papas en el campo y, como siempre, había que cumplir la norma del día. Una niña de mi grupo no lo logró y sabía que por eso, al día siguiente sería amonestada públicamente, frente a todos los estudiantes de la escuela, en el acto matutino. Entonces la niña prefirió quitarse la vida antes de pasar por tal vergüenza y se empinó de una botella de tinta para zapatos. ¡Fui yo quien la descubrió! ¡En el baño! ¡Imagínate! ¡La encontré tirada en el suelo, con los labios de color negro azulado y una gota espesa de tinta corriendo de su boca! Mientras la voz de Ileana vibra, cargada de dolor, veo con nitidez perfecta cómo la escena aterradora sucede ante mis ojos. «Salí de aquel baño como una flecha, sin darme cuenta de que estaba medio desnuda, y avisé a los maestros. Nunca olvidaré su nombre: Martha Molina. Por suerte se salvó y espero que hoy esté bien. Yo tenía 11 años.»

Casi al finalizar esta reseña, noto que me faltó precisar algunos detalles. Le escribo a Ileana un mensaje con mis preguntas, aun sabiendo que esa mañana era su cita para ingresar al Hospital Oncológico de La Habana y someterse a su chequeo rutinario. Me sorprende con una respuesta casi inmediata, esta vez con una nota de voz. «Buenos días, cariño. Esta mañana ingresé al hospital. Me acompañaron Lupe y una sobrina. Ya me instalé y estoy tranquila. Si hay algo más en lo que te pueda servir, no dudes en decírmelo. Dios te bendiga. Ileana».

La Habana – Zúrich, Noviembre, 2025 – Enero, 2026