Alcira, 86
En casa de Alcira en el barrio de Pueblo Nuevo.
En casa de Alcira en el barrio de Pueblo Nuevo.
Alcira, 86
En casa de Alcira en el barrio de Pueblo Nuevo.
En casa de Alcira en el barrio de Pueblo Nuevo.
Retrato de Alcira a los 10 años.
Alcira, 86
Retratos de Alcira joven.
En casa de Alcira en el barrio de Pueblo Nuevo.
Alcira, 86
Figura de la Virgen de Nuestra Señora de Regla que perteneció a la madre de Alcira.

ALCIRA

Entramos en el barrio de Pueblo Nuevo buscando la casa de Alcira Algudín, una anciana de 86 años que pocas horas antes habíamos conocido en el comedor del Centro Loyola. Ya estábamos frente a su casa, pero no nos dimos cuenta. Toda la esquina parece una finca en demolición. Guillén, mi acompañante, logró descifrar el número de la vivienda y nos acercamos. La puerta estaba abierta y allí, sentada en su sillón, con el rostro resplandecido por las columnas de sol que golpeaban contra la acera, estaba Alcira, reposando el almuerzo. Me acerqué y la saludé con prudencia para que no me diera por intrusa. Pero Alcira enseguida me reconoció y me invitó a pasar.

«Unos parientes míos iban a construir aquí una barbacoa para venir a vivir conmigo. Necesito compañía. Pero a alguien del barrio le molestó; comenzó el pleito y esto se paró». Me cuenta la historia sin sobresaltos mientras se mece en el sillón. «Por eso esto está como está. Todos mis muebles de valor están guardados para protegerlos de la construcción que comenzaron a hacer». Más que una vivienda, la casa de Alcira es un boquete, una especie de guarida. Su casa se encuentra exactamente en la esquina de las calles Salud y Marqués González. Una de las tantas edificaciones típicas de Centro Habana, muy probable que haya sido construida a finales del siglo XIX. Originalmente, casas de apartamentos de una planta, con puertas y ventanas prominentes, cuyo puntal alto permite construir lo que en Cuba se conoce como barbacoa. Palabra indígena de origen taíno con la que hoy se denomina a una división interior de una estancia que da lugar a un entrepiso, aprovechando el espacio por partida doble. Las barbacoas han sido, en gran medida, causantes de un daño irreversible en muchas edificaciones de la capital.

Ahora la puerta de entrada es una abertura baja y estrecha, resguardada por una reja tosca. Ya adentrados en su sala, que es como una caverna donde, a primera impresión, solo hay espacio para Alcira y su sillón, doy un primer repaso. Del alto puntal original no queda mucho. Veo montones y montones de cosas apiladas a su alrededor. Bultos sobre otros bultos, adornos, muñecos, estampas religiosas, una bella hoja de yagruma seca: «Atrae la buena energía para la casa…». Objetos de toda una vida, obtenidos y conservados durante 86 años, amontonados alrededor de su sillón. «No sé por qué tanta maldad. Alguien quiere quedarse con mi casa y por eso le molesta que mis parientes vengan a estar conmigo». Por un costado de la sala, se ve el comienzo de lo que iba a ser una escalera. «Esa escalera es por la barbacoa que comenzaron a hacer. Pero lo han roto todo; se han llevado pedazos». No entiendo mucho el conflicto, solo me pregunto: ¿quién estará moviendo los hilos de esta guerra por la casa de Alcira? ¿Un vecino, las autoridades o los propios parientes?

Se levanta del sillón con cierta dificultad, pero sin necesitar ayuda. Abre el aparador que tiene a sus espaldas y, sin buscar mucho, saca de allí un sobre con fotos y papeles diversos. Me muestra una foto tomada en un estudio: «Ahí tenía yo 10 años». Una bella niña, con la mano apoyada sobre una balaustrada, viste una bata de vuelos y un alegre lazo adorna su cabeza. Como si en ese mismo instante una mariposa gigante se hubiera posado en su pelo. Me sonríe. Vuelco la foto y leo la dedicatoria: “Dedico este retrato a mi querido padre de su hija Alcira Algudín. 1949”.

Alcira nació en 1939 en Artemisa, hija de un operador de primera máquina de un central azucarero —del tiempo en que en Cuba se molía caña y se exportaba azúcar— y de una ama de casa. Artemisa es una pequeña ciudad a unos 65 kilómetros de La Habana, que, en los tiempos en que Alcira era una niña, era conocida como El Jardín de Cuba. Su familia era muy numerosa;  Alcira me cuenta que tuvo 38 hermanos. Su madre dio a luz a 37 bebés, de los cuales 10 vinieron al mundo en cinco partos de mellizos. El ginecólogo que la atendió fue galardonado por su capacidad profesional y por la devoción con que cuidaba a su madre, una paciente extraordinariamente fértil. Otros dos hermanos vienen por parte de su padre. De todos ellos, Alcira es la única que aún vive.

Un día del año 59, con casi 20 años, Alcira se fue a la capital a visitar a una prima. Eran días de fiesta en los que las noches se juntaban con los amaneceres. Ella se fue quedando y quedando, y nunca más regresó a Artemisa. Allí permaneció, viviendo en esa misma esquina. Nunca se casó ni tuvo hijos. La miro; sigue siendo hermosa. Para mí es un misterio que haya terminado su vida en soledad. Desde muy joven hasta su retiro trabajó en una sastrería. Hoy recibe por su chequera de jubilación 3.040 pesos mensuales, dinero que no alcanza ni para comprar un cartón de huevos. En Cuba, un cartón de huevos es un envase que contiene 30 posturas y hoy es el referente indiscutido para medir el poder adquisitivo de las personas. A la fecha en que escribo esta historia, un cartón de huevos cuesta 4.500 pesos. Gracias a la caridad de la iglesia, Alcira no solo almuerza caliente dos veces por semana, sino que también comparte su soledad y sus carencias.

Hace pocos días alguien tocó a la puerta. Ella estaba descansando en su dormitorio, un aposento oscuro que, en lugar de una puerta, está delimitado por un pequeño muro y una cortina. Se apresuró para abrir, tropezó, perdió el equilibrio y cayó. Estuvo tres días arrastrándose hasta la puerta para pedir ayuda. Tres días sin comer ni beber agua. Nadie lo notó. Ahora sus manos y sus brazos están adoloridos por sostener su peso y arrastrarse por esos pocos metros que la separaban entre la opción de morir sola y la de recibir auxilio. Me cuenta sin desesperarse, sentada en su sillón. Me cuenta el incidente sin desespero. Alcira es de mente clara y de cuerpo fuerte. Una figura de yeso de Nuestra Señora de Regla, la Virgen negra patrona de los marineros, cuelga a lo alto de una ventana junto a su sillón. Me embeleso mirándola y saco un par de fotos de la pieza. «Esa Virgen era de mi madre». Alcira sonríe. La santa parece velar por ella cada segundo.

Habana – Zúrich, diciembre 2025