Balbina, 60
En casa de Balbina en el barrio de San Isidro.
Balbina, 60
Balbina, 60
En casa de Balbina en el barrio de San Isidro.
Balbina, 60
Lázaro.
Valeria, Vanessa y Lázaro.
En casa de Balbina en el barrio de San Isidro.
Balbina, 60
Balbina, 60
Balbina y su hermano Naite.
Patio interior en el edificio donde vive Balbina.

BALBINA

Balbina salió del apacible Cienfuegos huyendo de la soledad, para instalarse en el centro de San Isidro, barrio trepidante y bochinchero, donde la gente contempla la vida desde el borde de la acera. Estuvo cuidando a su padre hasta que este falleció; era el último anciano que quedaba en la familia. „Entonces cerré la puerta de mi casa, la puse en venta y vine para La Habana.“ Cuando habla, toda ella se torna sonrisa; una sonrisa blanca y cuidada. Todavía espera un milagro. „Los precios de las viviendas han bajado demasiado. Ahora no se puede vender.“ Mientras tanto, acompaña a su hija, que vive con sus dos mellizas y su esposo en un edificio en el que pareciera que todos los vecinos son familia. La puerta de la casa siempre está abierta. Las mellizas, Valeria y Vanessa, de 9 años, se han vestido de rosa. Salen y entran del apartamento; corretean por la escalera. Entra su padre, un muchacho bien fornido y de expresión amable, que saluda con un gesto tímido. Valeria me pide que les haga una foto y yo no dudo ni un segundo. Son muy amorosas con el padre y él las sostiene y las contempla con orgullo. Entretanto, Balbina ha colado un café que yo disfruto especialmente, porque esta vez tuve tiempo de avisar que lo tomo sin azúcar. Valeria y Vanessa regresan, pero ahora con Lázaro; el vecinito, para que me conozca. Un chiquilín de ojos avispados, de quizás 7 u 8 años, que me mira muy serio desde un rincón y me ha advertido, con todas las letras, que no quiere que le haga fotos. Yo le digo que pierda el cuidado. Lo prometo.

Balbina parece cargar el peso de la vida como otros llevan una boa de plumas sobre los hombros. Es muy dicharachera, alta, de buen ver y con una sonrisa rebosante. Por ninguno de sus poros se le notan sus 60 años. Es divorciada y ha criado sola a su hija y a su hijo: ella, de 33 años, y él, de 24. Estudió Historia del Arte en La Habana y, al terminar la carrera, regresó a su ciudad. Allí siempre estuvo en torno a la cultura: en el Centro Provincial de Cine, en la Casa de Cultura de Santa Isabel de las Lajas, fue  presidenta de la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales en Cienfuegos, trabajó para «Perlavisión», la televisión local, como asesora de programas, y se preparó como asistente de dirección, productora, locutora, etc. En junio de 2024 se jubiló, pero poco después, volvió a incorporarse como Especialista de Relaciones Públicas y Comunicación del Museo Nacional de la Música.

«En 2021 mi padre se enfermó de cáncer y lo cuidé hasta su muerte el 1 de junio de 2022.» Ese fue el momento en que decidió cerrar la puerta de su casa en la ciudad de Cienfuegos e irse a vivir a La Habana con su hija, su yerno y sus 2 nietas. Ahora, además del puesto en el museo, cuida a un matrimonio de ancianos oriundos de su ciudad natal. Con eso se sustenta y sortea los contratiempos con cierta levedad. «Descubrí el Centro Loyola en las redes y empecé a tomar cursos allí; luego me incorporé al proyecto Mujeres de hoy». En Balbina todo es energía y positividad; no hay vestigio de amargura ni de tristeza: «Soy un espíritu libre», me dice.

Tocan a la puerta y Valeria y Vanessa corren a ver quién es. Ahí está Orquídea, la vecina de enfrente. Las mellizas le habían contado que había una fotógrafa en su casa y que viniera a hacerse un retrato. Para la ocasión Orquídea también se vistió de rosa. Lleva una camisa de lino que, en contraste con su piel rojiza y su pelo gris, hace justicia a su nombre. Parece una flor. La acompaño a su casa, que queda justo enfrente; busco un espacio en aquel apartamento tan pequeño y abarrotado de vasijas y objetos consagrados a los Orishas. Me muevo como una sombra; no quiero interrumpir el descanso de los muertos. Mientras hacemos las fotos, noto que en las paredes cuelgan retratos de una joven muy hermosa. Por un segundo pienso si sería Orquídea de joven. «No, es mi hija, las fotos de los 15». Son casi idénticas.

Regreso con Balbina y, sentado a la mesa, está su hermano, que llegó un momento para saludar, con tan buena suerte que aún queda café. Naite es largo, delgadísimo, de un negro profundo y lleva unas trenzas que le rozan las espaldas y llaman la atención. Su sonrisa también es blanca y contagiosa. Es crítico de arte y cineasta, de movimientos y de conversar pausados, a diferencia de Balbina, que habla y ríe como una cascada. Naite me habla de la luz y yo lo escucho.

Lázaro, el vecinito, ha vuelto; se me para enfrente y me sonríe. Noto que eso de tomar fotos le ha interesado. Recurro al viejo truco; le dejo mirar por el visor de mi cámara y apretar el obturador. Cuando ve la foto en la pequeña pantalla, todo su rostro se llena de sorpresa. Le pregunto si quiere ser mi asistente. Sonríe de par en par. Chocamos un puño y enseguida se dispone a ayudarme a recoger mis bártulos.

La Habana, Noviembre, 2025