Dafne, 65 y Grata Eneida, 95
Dafne, 65.
Dafne, 65
Dafne, 65, y Grata Eneida, 95
Figura de madera de San Expedito hecha por un amigo de la familia.
Dafne, 65
En casa de Dafne, 65, y Grata Eneida, 95, en el reparto Vista Alegre.
En casa de Dafne, 65, y Grata Eneida, 95, en el reparto Vista Alegre.
En casa de Dafne, 65, y Grata Eneida, 95, en el reparto Vista Alegre.
En casa de Dafne, 65, y Grata Eneida, 95, en el reparto Vista Alegre.
Dafne, 65.
El brazo de Dafne después de la fractura.
Retrato de los padres de Dafne.
En casa de Dafne, 65, y Grata Eneida, 95, en el reparto Vista Alegre.
Grata Eneida, 95
En casa de Dafne, 65, y Grata Eneida, 95, en el reparto Vista Alegre.
Grata Eneida, 95
Grata Eneida, 95
En casa de Dafne, 65, y Grata Eneida, 95, en el reparto Vista Alegre.
Grata Eneida, 95

DAFNE Y GRATA ENEIDA

«¡Llegaron!» Nos dice Dafne, abriendo la puerta, y nos invita a pasar. «¡Disculpen el desorden!» De inmediato recorro el recinto con la mirada. Veo que será difícil encontrar un lugar idóneo para un buen retrato. Hay cajas y bultos apilados por doquier. Guillén, mi amigo y acompañante por estos días en una Habana demasiado turbulenta, se adelanta a saludar a la anciana sentada en una silla de ruedas, con la cabeza apoyada entre las manos. Pero ella no advierte nuestra presencia en modo alguno.

«Esta mañana la bañé, le di el desayuno y hace un rato almorzó. Por suerte, le volvió el apetito.» Acaban de pasar las dos, uno de los tantos virus devastadores que azotan a Cuba desde hace unos meses. Dafne está sorprendida de que su madre lo haya rebasado.

Habíamos llegado un poco antes de la hora acordada y nos dio tiempo para recorrer un par de calles del lugar. Vista Alegre es un barrio periférico donde La Habana se va haciendo rural. Son pocas las calles propiamente asfaltadas. Subimos por una pendiente hasta una explanada; se agradece la brisa. A pesar de que se ha anunciado la próxima llegada del ciclón Melissa, hace calor. La casa de Dafne, pintada y bien cuidada, con su portal, un pequeño jardín y un patio trasero con un limonero, orquídeas y suculentas, es un rubí entre aquellos edificios de microbrigadas que han envejecido muy mal. Fue construida en 1956, una de las primeras casas del barrio, como parte de un plan residencial al estilo norteamericano, como tantos otros fundados durante el auge urbanístico en La Habana de los años 50. «Pero llegó la revolución en el 59 y el proyecto se detuvo». Para siempre. Solo llegaron a construirse la casa de Dafne y otras dos. Más tarde, en lugar de construir casas unifamiliares, como era el plan original, levantaron edificios de estructura prefabricada para familias de barrios muy pobres de los alrededores.

Dafne es una mujer mediana de casi 65 años; tiene brazos fuertes y una mirada melancólica. Es licenciada en ciencias agropecuarias, especializada en riego y drenaje. Fue madre muy joven. Su única hija, bailarina clásica y madre de mellizas, vive en La Rioja, España. A finales de los 80, buscando mejores condiciones de trabajo, Dafne se postuló a una plaza de ingeniera civil, sin siquiera serlo. Comenzaba un proyecto de reparación capital de un puente histórico muy cerca de los ferrocarriles. «Yo era la única mujer; me estudié los planos obsesivamente, gané la plaza e hice la reparación capital.» Los Elevados de La Habana son imponentes viaductos de hierro construidos en 1912 que dan acceso a los trenes a la Estación Central de Ferrocarriles. «Fue una obra que me hizo crecer. Una gran ayuda para mí fue que, durante mis estudios, tuviéramos la asignatura de Resistencia de Materiales de Construcción. Aunque, en efecto, lo mío eran los embalses y las presas, eso me ayudó mucho.» Para entonces ya había llegado el Período Especial, la gran crisis de finales de los 80, resultado del desplome de la Unión Soviética, que terminó por hundir económicamente a Cuba. «Finalizada la reparación del puente, me ofrecieron una plaza de guía turística». Un trabajo que tampoco tenía que ver con su especialización ni con su vocación, pero que le daba la posibilidad de acceder a divisas y así, de alguna manera, mitigar las carencias que trajo aquella tremenda crisis: «Había que estar en contacto con el mundo exterior para sobrevivir». Pero en su empresa no aceptaron su solicitud de traslado interno, así que tuvo que renunciar a su puesto para pasar a trabajar en el sector turístico. Mientras hacía los trámites para ese trabajo, tuvo un accidente. «Iba en mi bicicleta cuando un camión cisterna que no respetó una señal me atropelló. Estuve dos años sin poder caminar ni tener vínculo laboral». Se quedó sin trabajo, sin sueldo y con una pierna afectada para siempre. Dafne me cuenta esta historia con una tranquilidad pavorosa, como quien ya ha vivido demasiados infortunios y sabe cómo sobrellevarlos.

Ya se había recuperado de aquel accidente cuando su padre, un reconocido periodista de radio, sufrió una caída y quedó postrado. «Primero, papi sufrió una caída y nunca más se recuperó. Cuando falleció y pensaba reencaminar mi vida, a mami le pasó lo mismo. Se fracturó la cadera y desde entonces comenzó a declinar». La anciana permanece sentada en su silla de ruedas y sigue sin percibir nuestra presencia. «Le diagnosticaron un cáncer de la piel que ya había avanzado al cerebro. Llevo diez años en esta batalla. No hay nada más que hacer, solo esperar la voluntad del Señor. Pero mi madre merece todo mi esmero. Fue muy buena.»  Y la besa en la frente. Para Dafne, su madre es su prioridad y cuidará de ella todo el tiempo que sea necesario. «Mami recibe una jubilación de 3’400 pesos. Yo no tengo, aunque trabajé durante 10 años en mi especialidad. Pero desde hace unos meses Bienestar Social me paga la ‚fuerte suma’ de 960 pesos». Juntando las dos pensiones, llegan a 4.360 pesos: 9,68 dólares al cambio de hoy en Cuba. Por suerte, la vida le ha dado a Dafne varios talentos. «Pero yo me busco la vida». Con material recuperable y cositas que me regala la gente, hago manualidades: adornitos, bolsas, agarraderas, etc., y las vendo». Así completa para el mes, para mantener a su madre en buenas condiciones, que no le falten las medicinas, los pañales desechables y el alimento. «Y cuando el limonero del patio pare limones, salgo a la calle y también los vendo».

Su hermano falleció hace dos semanas; era ciego. «Vivíamos aquí los tres. Horrible. Saqué todas sus cosas de sus habitaciones y las tengo almacenadas aquí para ver qué hacer con ellas. Ahora tengo que rehacer la casa». La ceguera de su único hermano marcó una relación en extremo conflictiva y dolorosa entre ambos desde la infancia hasta la muerte de este en un hospital de La Habana, a los 70 años. «Mima no lo sabe». Nunca lo sabrá.

Yo siento vergüenza por haber llegado así a su casa, como si aterrizara desde otro planeta, con un chocolate en una mano y una cámara en la otra, para hacerle fotos. Todo lo que cuenta es tan triste y no creo que sea apropiado pedirle que pose para mí. Pero ella me dice: «¿Dónde quieres hacer las fotos?

Retira las tazas del café tan sabroso que nos preparó y veo una protuberancia en la muñeca de su brazo izquierdo: «Eso fue una fractura por una caída». En el hospital ortopédico no pudieron operar debido a la falta de personal, por lo que decidieron enyesar. Pero al no haber yeso, usaron cartones para entablillar. Por lo tanto, los huesos no se soldaron correctamente. «Así quedó, pero más o menos puedo usarlo. Yo misma, poco a poco, me rehabilité el brazo. Soy completamente zurda. Imagínate lo que he pasado sin poder usarlo.»

Mami, ¿quieres que te lleve a la cama? Pero la anciana hace un gesto que, al parecer, significa un ‚no’ rotundo. Dafne la mira con ternura y le acaricia la frente y el pelo blanco nacarado. «¡Es tan triste verla así! Una mujer que trabajó tanto, tan buena y tan inteligente.» Su madre ya ha cumplido 95 años. Me cuenta que fue una ilustre profesora de literatura y español, doctora en filosofía y letras, una reconocida autoridad en la docencia que escribió libros sobre gramática, recibió medallas, distinciones y palmadas en los hombros del gobierno por su entrega a la enseñanza. Le pregunto: «¿Cómo se llama tu madre?» «Grata, Eneida Rodríguez Guzmán». Mi amigo Guillén, que llevaba ya un rato concentrado en una esquina intentando meter por una vez el reflector plegable en el estuche, levanta la vista y: «¿Cómo has dicho que se llama tu mamá?» «¡¿Grata Eneida Rodríguez Guzmán?! Sí, así mismo», le reafirma Dafne. «Pues tu madre fue mi profesora en el Conservatorio de Música». Sus clases de literatura eran legendarias, pero ella, para mí, fue más que eso; fue mi MAESTRA. Me cuidó, me enseñó, me guió». Entonces Guillén, que hasta ese momento se mantenía distanciado, tal vez por lo susceptible de la escena, se acerca a la anciana y le dice: «Grata Eneida, usted fue mi profesora, y yo la quise mucho». La anciana levanta la cabeza y su rostro se envuelve en una enorme sonrisa. Lo mira firme a los ojos: «Yo también te quiero».

Zúrich, diciembre 2025