Leonila, 85
En casa de Leonila, 85
En casa de Leonila.
En casa de Leonila, 85
Leonila, 85
En casa de Leonila, 85
En casa de Leonila, 85
En casa de Leonila, 85
En casa de Leonila
En casa de Leonila
En casa de Leonila en El Vedado
En casa de Leonila en El Vedado
Leonila, 85
Leonila, 85
En casa de Leonila en El Vedado
Leonila, 85
Fotografía de Sampedro con sus padres.
Foto de Sampedro a principio de los 90.
En casa de Leonila en El Vedado
Leonila, 85
En casa de Leonila en El Vedado
Ración diaria de pan; 60 gramos por persona.
Leonila, 85
Leonila, 85
Leonila, 85
El jardín de Leonila

LEONILA

La misma voz cantarina, la misma dulzura y la misma melena bella y abundante; solo que ahora es blanca. Estoy parada frente a su puerta y Leonila hace un esfuerzo por recordarme, pero en cuanto le digo que soy amiga de Sampedro, su hijo, me abre la puerta de par en par y me invita a pasar. La última vez que nos vimos fue hace más de 30 años, antes de que yo viajara por primera vez a Suiza. Entro al pequeño apartamento; todo ha cambiado y, a la vez, nada. Naturalmente, ella ha envejecido, pero en cuanto comienza a hablar y a gesticular, vuelve a ser aquella mujer que conocí, llegando a sus 50, fuerte, ágil, siempre bien dispuesta y muy conversadora.

Lo recuerdo todo. Colgando del techo del hallcito de entrada, veo el mismo farolito, solo que ahora está corroído por el óxido y el polvo. Ahí están los mismos muebles. La cocina, que en realidad es una esquina de la pequeña habitación que, a la vez, es salón, comedor, dormitorio… La camita de Sampedro sigue allí, junto a la ventana, donde nos sentábamos a escuchar música. Por aquel entonces Sampedro tenía dos pasiones: los campeonatos de las Grandes Ligas de béisbol y el rock sinfónico. Pasábamos horas escuchando cassettes grabados y regrabados, a todo volumen, sobre todo de Yes y Jethro Tull. «Queen se ha vuelto demasiado comercial», decía él. Cerrábamos los ojos y la flauta de Ian Anderson nos llevaba de la mano por fábulas escocesas y por bosques alfombrados de musgo. Con solo acercar el oído a la pequeña bocina de su grabadora mono, nos adentrábamos en una penumbra imaginaria y allí pasábamos horas, protegidos de la luz estridente del trópico. Ese era nuestro sueño: volar de la estrechez para vivir en un lugar sin sombras. Huir de las consignas y atrapar con los brazos el frescor y el olor a libertad y a clorofila.

«Los maestros siempre me dijeron que Enrique —como ella lo llama— era un niño muy inteligente. ¿Qué iba a hacer él aquí?» Sampedro hace 5 años se hizo ciudadano español y emigró a la tierra originaria de su familia paterna: Bilbao. Allí encontró primos, trabajo y, al parecer, un hogar. Cada año viaja dos veces a La Habana para estar con su madre, que, por temor y «por no dar trabajo a los demás», se niega rotundamente a irse de Cuba para acompañarlo en su nueva vida en España. Sampedro sufre la distancia y la tozudez que lo separan de su madre.

Leonila nació en 1940 en El Vedado. Se casó con Julián, cubano de origen español, perito mercantil, un hombre muy capaz. Poco después nació Enrique, su único hijo. Cuando el muchacho tenía 13 años, Julián falleció trágicamente. Sucedió en el año 1979. Leonila tenía 39 años cuando quedó viuda. Entonces tuvo que comerse el mundo: limpió oficinas y trabajó donde pudo para sacar adelante a su hijo. La mayor retribución la recibió décadas más tarde. Sampedro, después de peregrinar por un laberinto de distintos institutos, terminó su bachillerato. Se aficionó al teatro; trabajó aquí y allá. Y, como auguraban sus maestros, en el 2006, finalmente se graduó de matemático cibernético con notas sobresalientes, a solo un mes de cumplir los 40 años.

Se pone a prepararme un café: «A ver si hay gas». Abre la llave de su pequeño fogón y, como por arte de magia, se enciende. «Eso es porque sabían que tendría visita», me dice jocosa. Saco de mi bolso una tableta de chocolate suizo de 300 g y la pongo en sus manos. «¡Uy, muchacha! ¿Qué es esto?» Y sus ojitos fulguran como guirnaldas navideñas. De repente me surge la duda de si es diabética y si he sido imprudente al darle tanto dulce. «No, muchacha, a mí me encanta.» Y pone la tableta encima del refrigerador, ese lugar de la casa donde todo siempre está al alcance. «¡Mira esto, qué miseria! Este es el pan de hoy». Desde septiembre de 2024, el gobierno ha reducido la porción diaria de pan que vende a la población de 80 a 60 gramos por persona. Pero para ella renunciar al poco alimento subsidiado sería un lujo. Leonila, después de haber trabajado toda su vida, recibe 2.200 pesos de pensión, un poco menos de lo que cuesta un litro de leche en Cuba.

No deja de caminar de un lado a otro. Entra a su dormitorio y la sigo. Abre la puerta que da a un pequeño balconcito, lo cual agradezco porque entra algo más de luz. «Desde la mañana han quitado la corriente y ya son casi las 2 y no ha venido». Allí, la cama matrimonial, un pequeño televisor, un ventilador viejo, una lámpara sin pantalla, adornos polvorientos, el típico chifforróber de caoba y, en la pared que da a la cabecera de su cama, entre otros cuadros, un relieve de la Virgen sosteniendo al Niño Jesús. Sobre su mesa de tocador hay varias fotos de Sampedro, todas con el pelo largo, como siempre lo llevó desde que lo conocí. Una polvera antigua, otra cajita, frascos de perfume vacíos, floreros, un ramo sintético de margaritas, un peine… que parecen haber estado allí desde hace una eternidad y delatan que ha pasado mucho tiempo desde que Leonila se sentó por última vez frente a ese espejo para acicalarse y peinar su hermoso pelo.

Finalmente ya está el café. Me cuenta que Sampedro está muy bien, que siempre la llama y le compra comida en una tienda online que luego le traen a casa, «aunque a veces compra cosas que no son necesarias». Y que allá en Bilbao la esperan un montón de primos. «Pero mija, ¿qué voy a hacer yo allá?» Le cuento que una vez estuve allí, una ciudad bonita y limpia, donde se come muy bien, y que la atraviesa un río imponente, en cuyas márgenes hay un famoso museo. Que vaya por unos meses a conocer y a descansar. Pero no sé si me escucha. No para quieta. La persigo con la cámara por la habitación. Saca una caja de cartón amarilla llena de fotos y me muestra a Sampedro de niño posando frente a un cake en uno de sus cumpleaños. Hay otra foto muy bonita de ellos tres sentados junto a la misma ventana de nuestras tertulias: Julián y Leonila, muy jóvenes, y Sampedro, en el regazo de su padre, que parece perforar el lente con sus ojos inmensos. «Le prometí a Sampedro que te haría unos retratos para enviárselos». Y entonces es cuando ella se queda quieta, justo por tres segundos. Mira fijo a la cámara. En su mirada está contenida toda la ternura que una madre puede sentir por un hijo.

Zúrich, diciembre 2025