MARÍA HORTENSIA
„Gracias a la vida que me ha dado tanto.“ Esta es la frase que leo en el perfil de Whatsapp de María Hortensia. Acordamos que la visitaría en un par de horas. Así que salgo de inmediato con la idea de ir a pie desde mi casa. Puede que el trayecto desde El Vedado hasta la casa de María Hortensia, en Centro Habana, sea, a los ojos de un turista, pintoresco. El barrio de Los Sitios, como casi toda la ciudad, es estridencia: montañas de basura en las esquinas, aguas negras estancadas en los bordes de las calles. Puertas a la calle que, al abrirse, desprenden un vaho a madriguera. Vendedores ambulantes que ya no entonan dicharachos ocurrentes, sino que pasan en sus carretones equipados con bocinas, vociferando una y otra vez sus productos como: ¡El güevo! Un hombre sin camisa sale de su casa y arroja una bolsita de basura a la montaña de otras tantas bolsitas en la calle. Entre los deshechos, los insectos, los roedores y el hedor, los vecinos se sientan en la acera y charlan. La conversación es la habitual: ¿Qué llegó hoy a la bodega? ¿Cuándo ponen el agua? ¿A cuánto está hoy el dólar? Increíblemente, el dólar sigue siendo la pauta que rige la economía real de los cubanos. Después de desafiar varios balcones a punto de desplomarse y sortear inenarrables peripecias, llego a Maloja y Campanario. Subo por la escalera y, en el primer piso, una pupila me saluda por la mirilla. Abre la puerta y me invita a pasar. Entrar en el apartamento de María Hortensia es como romper la barrera del sonido.
Aquí hay luz y paz. Los techos altos envuelven la luz estridente que atraviesa las cortinas y la convierten en una caricia dorada que ilumina las paredes, los muebles, los objetos y también su rostro. María Hortensia vive sola. Ha diseñado este acogedor apartamento típico de principios del XX, que la separa del arrabal, puertas afuera, siguiendo las instrucciones de su hijo. Raymel es músico y cineasta. Hace unos años emigró a Nueva York. Hoy vive en Orlando.
María Hortensia es pausada y elegante. Tiene 65 años, es contable y ya está jubilada. Está sola pero no ha perdido el deseo de mirarse en el espejo. Para la ocasión lleva un vestido camisero que le sienta muy bien. Se ha maquillado, pero sin estridencias. Labios colorados, eso sí, pero el resto del maquillaje solo realza sus rasgos delicados. «Viví toda mi vida en Guanabacoa. Cuando me casé, construí una casa muy linda, con patio y jardín, y allí crié a mi único hijo. Soy divorciada, lamentablemente». Paso revista por las paredes y los muebles, y veo en la puerta del refrigerador fotos de Raymel, un joven apuesto y muy parecido a su madre. «Me mudé a este barrio por cuestiones de salud. Mi hijo me insistió porque tengo que ir con frecuencia a ver a los médicos, y aquí estoy más cerca. Soy hipertensa y tengo problemas en las articulaciones.» Los vecinos de Guanabacoa le dicen que la extrañan. Dicen que el jardín ya no es tan bonito como cuando ella estaba. «Mi hijo es mi vida. Hace ya cinco años que no lo veo y creo que no va a ser posible verlo por un tiempo.»
Raymel se graduó en guitarra clásica del conservatorio. Antes de irse al extranjero, había creado un proyecto con niños de barrios pobres de La Habana. La idea era, ante la imparable invasión del reguetón entre los jóvenes, enseñarles desde temprano a apreciar la buena música. «Los niños lo disfrutaban muchísimo, aprendían mucho y, sobre todo, salían un poco del mal ambiente.» Lo hizo por vocación, por iniciativa propia y lo costeó con su propio dinero. A pesar de eso, encontró poco apoyo por parte de las instituciones. «Figúrate, con la situación del país, no fue posible continuar.» Entonces se le presentó la oportunidad de trabajar en Nueva York, en un proyecto musical. Se fue. Pasado un tiempo, se estableció en Orlando. «La vida aquí está muy dura».
«Voy al Centro Loyola desde el 2019». Allí Hortensia ha hecho varios cursos sobre emprendimiento y salud mental, y también talleres de manualidades. «Es entretenido y muy interesante. Se pasa un buen rato allí.» Se retira a la minúscula cocina y trae una bandeja con pancitos untados con salsa de cóctel. «¡Prueba esto, son muy ricos!» Coloca la bandeja sobre la mesa. Pruebo uno. «Son frescos; estos panecitos me los envió Raymel ayer por la agencia.» ¿Agencia? Nercado, Supermarket23, La Esquina Caliente, DimeCuba, A Cuba, Combitos Express, Dímelo Cubano, Jámazon, Cubakilos, EsencialPack, Katapulk, Mallhabana, MandaoWeb, La Family Shop, A la Mesa, Yuppy Market, Rey Envíos, Cubatel, Envíos Cuba, El Carretillero, Tramison, Dímelo Cubano, La Jabalina, Isasur Market, Brasender… ¡Más de veinte agencias de envío de comida! ¿A un país tropical?! Como si Cuba fuera la Isla Decepción, que ni es isla, sino un estratovolcán cubierto de glaciares y de lava. El hambre sistémica, después de 64 años de racionamiento, es, sin dudas, un gran negocio. Me sabe a gloria la merienda. En la casa solo me quedan una tableta de chocolate y leche en polvo. Mi estómago agradece el chute de grasas trans y de harina refinada. Me hacen pensar, quizás demasiado.
La Habana – Zúrich, Noviembre, 2025 – Enero, 2026









