MERCEDITAS
Merceditas abre la puerta lentamente, me saluda con voz quejumbrosa, pero igual me sonríe y me invita a pasar. Se sienta en una butaca junto a una mesita con varios medicamentos y me ofrece un café. «Pasé unos días muy malos», me dice. «Me cogió el virus.» «¿Qué virus?» «Bueno, creo que fue chikungunya, pero por aquí también hay dengue, oropouche, sika… No se distinguen muy bien porque igual todos acaban con el cuerpo.» Luce descolorida; el decaimiento se refleja en su cara. «Creo que lo mío fue chikungunya, porque de pronto sentí una flojera horrible; no podía levantarme de la silla por los dolores y la debilidad en las rodillas. Sentí pánico. Sabes, yo vivo sola.» Le digo que no se moleste con el café y le prometo que no le robaré demasiado tiempo. «Por suerte, están mis vecinas, mis amigas del grupo de Tai Chi, y todas vivimos en el mismo piso. Me traían la comida y el agua a la cama, y los medicamentos…. Yo vivo sola; si me pasara algo, nadie lo sabría. Gracias a ellas, que me cuidaron.»
Las chicas Tai Chi son un grupo de 4 mujeres, entre los 57 y los 66 años, que viven en el mismo piso de un edificio de la primera mitad del siglo XX en las alturas de El Vedado. Madres, esposas, vecinas que un día se quedaron solas o medio solas y hoy se baten con la incertidumbre, el desamparo y la dureza de la vida en Cuba. Unas se han divorciado o enviudado. Otras han visto a sus hijos emigrar.
«Ernesto Carlos, mi único hijo, tiene 35 años. Es economista, pero, como para todos, aquí él no tenía futuro. Por suerte no tiene hijos.» Y me muestra una foto de un joven sonriente y de muy buen ver. «Salió en el 2020 para Uruguay y de ahí emprendió „la travesía”, cruzando 13 fronteras hasta llegar a los EE. UU. Ahora vive en Nebraska, pero aún está a la espera de legalizar su situación.» Según datos extraoficiales, se estima que entre 2021 y 2023 más de un millón de personas salieron de Cuba, lo que representa entre el 8 y el 10 % de la población. Pero este éxodo no cesa. Considero la cifra bastante discreta ante el evidente vacío de personas en lugares tan céntricos como El Vedado, donde muy a menudo se ven carteles de „En venta“ e incluso „Se vende con todo“ colgados en las puertas. «Con Trump se han parado todos los trámites, así que Ernesto tendrá que esperar y, mientras tanto, seguir haciendo Uber. Vamos a ver… Hace cinco años que no lo veo».
La hermana de Merceditas vive en Ginebra desde hace muchos años. «Hace unos meses vine de allá y visité a sobrinos que tengo además en Dinamarca, Suecia y España. Pasé también por Zúrich. Es muy bonito allá, limpio.» Es difícil creerlo, pero Merceditas tiene 63 años cumplidos. Se graduó como especialista comercial en 1981 y, desde entonces, trabajó en una empresa mixta hasta su jubilación en 2023. «Mi hermana me ayuda mucho; gracias a ella, puedo comprar comida.» En total fueron cuarenta y dos años dedicados al trabajo. Cuarenta y dos años que hoy no le aportan lo suficiente para costear la vida frugal que lleva, si no fuera por la ayuda de su familia en el extranjero. «Ya pasaron los tiempos en que me pasaba un fin de semana en la playa. Ahora no alcanza. O voy a darme un chapuzón en la playa o compro comida.» Su pensión de jubilación de 5.816 pesos supera la media, pero en realidad equivale a algo más de 10 USD o casi dos cartones de huevos. «Aquí me siento y me entretengo con los programas de televisión o con las novelas que me graban.» El televisor está prendido desde que llegamos, pero nadie le presta atención. Es como una compañía que se enciende y se apaga a distancia.
Merceditas tiene un rostro bello y triste. El virus le ha causado muchas molestias y le ha dejado marcas de erupción en la piel, pero ella hace un gran esfuerzo para darme estos retratos. Yo me resisto a la tentación de pedirle más. «Aquí llegamos a vivir hasta nueve personas, por eso hicimos la barbacoa. Pero ahora estoy sola. Soy divorciada; mis padres murieron, mi hermana y mis sobrinos se fueron y mi hijo no está.» No puedo evitar su cocina, de color rosa, un rosa inocente. Me acerco. Hay una repisa llena de vasos coloridos y, a pesar de tantos trastos, todo está pulcro y ordenado. Sigo en mi escrutinio; su casa es limpia, aireada, clara, diminuta, pero guarda detalles en cada esquina que celebran la vida.
La Habana – Zúrich, Noviembre, 2025 – Enero, 2026













