LUPE
Un corredor largo y angosto conduce a su apartamento. Abre la puerta; me sonríe. En ese mismo momento auguro que habrá buena vibra entre nosotras. Lupe es una mujer elegante, de rasgos finos y piernas hermosas. Tiene 57 años, es madre de cuatro hijos, se ha divorciado dos veces y hoy vive sola.
Vengo de parte de su hija mayor, Claudia, una joven socióloga, amable y competente, que trabaja para el Centro Loyola de La Habana, una institución comunitaria auspiciada por los jesuitas. Desde 2010 este centro, con sede en un barrio populoso y humilde del centro de La Habana, sirve a la comunidad a través de cursos de formación para mujeres, eventos culturales para niños y programas de acompañamiento para los ancianos, además de ofrecer almuerzos dos veces por semana.
Había hablado por teléfono un día antes con Lupe para ir a su casa a conocerla. A ella, y a tres de sus vecinas, con las que ha formado una alianza casi familiar, a la que a mí se me ocurrió llamar «Las Chicas del Tai Chi». Todas viven en el mismo piso y salen juntas alguna que otra vez a un concierto o al cine, comparten lo que han cocinado, se encuentran para tomar un café, se llaman, se cuidan unas a otras y también todos los martes practican juntas Tai Chi en un parque cercano. «El denominador común de nuestras vidas es la soledad». Yo diría también la incertidumbre. Todas echan de menos a sus hijos, que han decidido renunciar a sus vidas en la isla para buscar un futuro en tierra firme. «Una madre no deja de velar por sus hijos ni cuando son adultos».
Ya siento el olor a café recién colado: «Es lo único que uno puede brindar en Cuba a la visita». Lupe también tiene tres nietos, dos varones y una hembra, hijos de Claudia, que van a la escuela primaria, que está justo frente a su casa. Cada mediodía, ella les sirve el almuerzo y, al terminar las clases, cuida de ellos hasta que su madre los recoge para llevarlos a casa. Esa es su rutina. A veces ayuda a su hija a organizar eventos en el Centro Loyola e incluso prepara los saladitos para las recepciones. Lupe disfruta de apoyarla en todo lo que pueda. No es la soledad lo que le agobia; es el vacío que siente al tener a dos de sus cuatro hijos tan lejos. Mientras Claudia y Juan Pablo siguen en Cuba, la pequeña Adriana vive en Atlanta, Georgia; la segunda hija, Gabriela, vive en Miami.
Para graduarse como licenciada en economía, Lupe tuvo que aprobar 44 asignaturas. Trabajó durante 35 años en Cupet; la empresa estatal cubana de petróleo y gas. Uno de esos terribles días de azar tuvo que viajar a Santiago de Cuba, al sur, al otro extremo de la isla, para realizar una supervisión. «Yo no quería hacer ese viaje; tenía un mal presentimiento. Y justo al llegar allá, me avisan de que mi papá, de pronto, había fallecido. Un infarto». Esto sucedió en el 2021. Sus labios palidecen mientras me cuenta, y sus ojos, antes tan vívidos, se quedan fijos en un punto indefinido del espacio. «Mi padre y mis hijos son todo para mí. Todavía escucho su silbido avisándome de que viene por las escaleras para hacerme la visita. Tenía una relación muy entrañable con él. Soy su única hija».
«La situación en Cuba es terrible; los salarios no alcanzan». Lupe, licenciada y ocupando un cargo de responsabilidad en una empresa importante, ganaba un sueldo de 5.000 pesos cubanos, al cambio actual, poco más de 11 USD. Hoy una libra de arroz, el alimento básico para los cubanos, cuesta alrededor de 340 pesos. Hace dos años renunció a su puesto en Cupet. «No vale la pena sacrificarse tanto por tan poco». En un país donde la infraestructura y los servicios están siempre a punto de colapsar, ir a trabajar es un peregrinaje por la Vía Crucis. «Me saqué la licencia de cuentapropista para completar los 3 años que me faltan para la jubilación». Esto le asegura un marco fiscal para los pequeños trabajos que realiza para el Centro Loyola. «Además, mis dos hijas, que están en el extranjero, me habían pedido que dejara de trabajar y que me ayudarían desde allá». Con la despenalización del dólar en 1993, se abrió la puerta al envío de divisas a la isla desde el exterior. A pesar de que el gobierno cubano no publica datos al respecto, diversos estudios de economistas independientes estiman que en 2024 Cuba recibió aproximadamente 1.890 millones de dólares en remesas. Este dato, que, aunque comparado con la cifra de 3.700 millones de dólares en el año 2019, representa una gran disminución, demuestra que, con la caída estrepitosa del turismo, las remesas de los cubanos emigrados son la mayor fuente de ingresos en divisas para el país y el soporte financiero que evita el colapso total de la economía cubana.
«Yo siempre fui católica practicante, aun cuando no se podía». Veo frente a mí una imponente imagen del Sagrado Corazón de Jesús, que tanto me recuerda a la que colgaba en el comedor de mi abuela y en otros tantos miles de hogares en Cuba, hasta que, ante el acoso contra los creyentes, fueron desapareciendo poco a poco. «Nosotros, en el 80, nos íbamos del país por El Mariel, toda la familia». El éxodo de El Mariel tuvo lugar en 1980, cuando alrededor de 125 mil personas abandonaron la isla por el puerto homónimo, al oeste de La Habana. Entre abril y octubre de aquel año, el gobierno abrió los atracaderos del pequeño puerto a los cubanoamericanos que quisieran llegar con sus embarcaciones para recoger a sus familiares dispuestos a abandonar la isla. «Pero cuando nos tocó embarcar a nosotros, las autoridades llenaron el barco de mis tíos de delincuentes y de enfermos mentales. No quedó sitio para nosotros y tuvimos que quedarnos aquí».
Termino el último sorbo de café. Exquisito. Admito que, sin café ni malta, no podría soportar estos días de epidemias, vientos y lluvias en La Habana. Lupe me acompaña hasta la escalera y otra vez, recorro el corredor largo y oscuro que también conduce a un pequeño vestíbulo común. Allí, sobre una pequeña mesa de vidrio, hay plantas ornamentales. «Seguro que son tuyas», adivino. «Sí, yo las siembro y las cuido. Sobre todo a esta». „Diez del Día“ da una flor minúscula de un carmesí intenso. Su nombre se debe a que comúnmente aflora rozando el mediodía, cuando la luz solar es más brillante. «Es muy resistente; no necesita mucha agua, pero sí mucho sol». Veo las flores pequeñitas que con sus pétalos, acarician la semipenumbra. «Mi abuelo solía sembrarlas en la azotea y, cada vez que brotaba una flor, la arrancaba y me la ponía en el pelo. Ahora las siembro yo y adorno con ellas el pelo de mi nieta».
Habana – Zúrich, diciembre 2026












