AQUILINA Y ZOE
Aquilina se acerca, caminando por los arcos de Reina, a un ritmo admirable para una anciana de 80 años. Es una mujer menuda que, a primera vista, parece estar siempre de buen humor. Voy camino a su casa y ya, desde cierta distancia, me ha visto; me saluda con el brazo en alto y me indica la entrada a su edificio. Había ido rápido al quiosco de la esquina a comprar una caja de cerillas para su hermana Zoe, que «fuma y fuma como una chimenea». Subimos en ascensor a su apartamento, que queda en el cuarto piso, y me sorprende que aún en Cuba funcione un ascensor en un edificio de vecinos.
Un salón de puntal bastante alto y paredes de color tiempo alberga muebles de caoba clásicos, adornos de otra época, estampas religiosas, una foto de su padre joven y sonriente y un tierno retrato coloreado de las dos hermanas cuando aún eran niñas. Tenían 7 y 10 años, para ser exactos. Ahí, sus rostros sobre la cartulina amarillenta, aún reconocibles. Zoe viene a saludar y me invita a sentarme. Su voz ronca de fumadora perenne contrasta con la menudez de su cuerpo y la cordialidad de su mirada. Dos perritas satas, muy simpáticas, irrumpen en el salón. Saltan, jadean, mueven la cola, no paran de ladrar. Aquilina me dice: «¡Estas son Lassie y Laika!» Entre el eco de los ladridos logro entender los nombres y pienso que quizás estoy teniendo el privilegio de evidenciar, en un apartamento de la calle Reina, el último vestigio de la Guerra Fría.
A Laika, callejera como el original soviético, se la encontró Zoe, muy chiquitica, metida en una caja dentro de un contenedor de basura. «No entiendo cómo alguien puede hacerle daño a un animalito así.» Pero Laika probó ser muy fuerte. «Si pudo resistir el hambre en La Habana, muy seguramente podría sobrevivir en otra galaxia». Lassie ya es más bonita; tiene rasgos más delicados y un pelaje algo más largo. Se mueve pausadamente entre los muebles y, ahora que ya me conoce, se acerca y me lame la mano. Las dos perritas son inseparables, como las dos hermanas.
«En total somos 5 hijos, todos nacidos y criados aquí en Centro Habana». Como también sus padres. Dos hermanas viven en Alamar, un barrio de la periferia. El único varón se fue a los Estados Unidos en 1980. Zoé, de 77 años, trabajó como oficinista toda su vida; es divorciada y cobra una jubilación de *3.056 pesos. Aquilina enviudó hace exactamente un año; su esposo murió de Covid, según los médicos. Siempre fue ama de casa; hoy recibe una pensión de *2.100 pesos. Viven juntas desde siempre; antes, durante y después de casadas. «Ninguna de las dos tuvo hijos. Si el Señor no lo quiso por algo habrá sido. Son cosas que no se pueden forzar».
Hacía solo un par de horas que había conocido a Aquilina en el comedor parroquial de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Cada miércoles y viernes, Aquilina, que parece ser la más caminadora de las dos, se acerca al comedor, coge su porción y la de su hermana para llevarlas y comerlas juntas en el apartamento. En un salón pulcro y de amplios ventanales, los comensales esperan, sentados a mesas largas cubiertas con mantel, mientras voluntarios sirven almuerzos no solo a ancianos, sino también a todo quien lo necesite. La música litúrgica resuena de fondo mientras la hermana Berglis, directora del centro, recibe a cada uno con una sonrisa y con ese sosiego que otorga la fe. El comedor del Centro Loyola es una gota de agua en la profundidad del mar. Por las calles de La Habana, cada vez deambulan más personas hambrientas.
Desde que entré al comedor, Aquilina llamó mi atención. Llevaba una mascarilla y, aunque solo podía ver la mitad de su rostro, sus ojos vivarachos me hicieron acercármele. Gloriana, una de las coordinadoras del Centro, me la presentó y le explicó mi idea. La simpatía fue mutua y, entusiasmada, accedió enseguida a que la visitara después del almuerzo. Y ahora estoy en su casa, conociendo a su hermana Zoe, a Lassie y a Laika. «Los días festivos también se pasan muy bien en Loyola. Celebramos juntos Navidad, el Día de las Madres, el Día de los Padres, etc. Incluso dan regalos». Me dice Aquilina, con cara de niña octogenaria, mientras sostiene a Lassie apretada contra su mejilla.
Cada esquina del salón me sugiere un retrato. Intento ordenar mis ideas; les pido que se sienten a la mesa de comer que preside el espacio. Allí, bien dispuestas, se cotejan las dos hermanas, así como Lassie y Laika. No tengo que dar más instrucciones; todo encaja. Hago el primer retrato. Aquilina y Zoe son muy divertidas; les encanta la idea de ser fotografiadas y, un día, de salir en la prensa. «Quizás puedas mandar este reportaje a **“Radio Martí”», me dice Aquilina con picardía.
Hacemos una pausa mientras recorro el apartamento en busca de otro lugar con buena luz. Pero Zoe me requiere mientras saca del refrigerador un pozuelo de plástico y me lo acerca. Veo un líquido turbio y amarillo. «¿Sopa?». «¡Eso dicen! Esto es lo que el gobierno nos da a los ancianos desvalidos para alimentarnos. Lo mismo todos los días, para el almuerzo y la cena. Esto no es comida», me dice Zoe con voz ronca, pero esta vez también firme. Veo sobre la mesa dos bolsas de arroz de un kilogramo cada una y una minúscula lata que contiene exactamente 70 gramos de sardinas en tomate. «Nos han dado esto ahora por la libreta para todo el mes. Pero no te creas, las sardinas son solo para mayores de 65 años. Una latica.», precisa Aquilina. Por primera vez, desaparece el gesto amable de su rostro y su mirada demandante atraviesa los gruesos vidrios de sus espejuelos hacia mí, a la espera de mi reacción.
La miro; no digo nada. Solo siento tristeza.
La Habana, diciembre 2025
*Cambio del dólar en Cuba: 1 USD = 450 CUP. El salario medio en Cuba es de 6.649 CUP.
** Radio Martí: Es una emisora de radio fundada en 1985 y financiada por el gobierno de EE.UU. que transmite noticias e información en español a Cuba desde Miami, como alternativa a los medios controlados por el Estado cubano. Fue llamada así en honor al héroe nacional cubano José Martí.
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Aquilina und Zoé
Aquilina nähert sich durch die Bögen der Reina-Strasse mit einem für eine 80-jährige Frau erstaunlich schnellen Schritt. Sie ist zierlich gebaut und scheint auf den ersten Blick stets gut gelaunt zu sein. Ich bin auf dem Weg zu ihrer Wohnung. Schon aus einiger Entfernung hat sie mich gesehen, winkt mir mit erhobenem Arm zu und zeigt mir den Eingang zu ihrem Gebäude. Sie war schnell zum Kiosk an der Ecke gegangen, um eine Schachtel Streichhölzer für ihre Schwester Zoe zu kaufen, die «wie ein Schlot raucht». Wir fahren mit dem Aufzug zu ihrer Wohnung im vierten Stock und ich bin überrascht, dass in Kuba noch ein Aufzug in einem Mehrfamilienhaus funktioniert.
Das Wohnzimmer mit den hohen Decken und den abgenutzten Wänden beherbergt klassische Mahagonimöbel, Ornamente aus einer anderen Zeit, religiöse Bilder, ein Foto ihres jungen, lächelnden Vaters sowie ein zartes, farbiges Porträt der beiden Schwestern, als sie noch Kinder waren. Um genau zu sein: siebenundsiebzig Jahre alt. Auf dem vergilbten Karton sind ihre Gesichter noch erkennbar. Zoe kommt, um mich zu begrüssen, und bittet mich, Platz zu nehmen. Ihre raue Stimme als Kettenraucherin steht im Kontrast zu ihrer zierlichen Statur und ihrem freundlichen Blick. Zwei sehr sympathische kleine Hunde stürmen ins Wohnzimmer. Sie springen, hecheln, wedeln mit dem Schwanz und hören nicht auf zu bellen. «Das sind Lassie und Laika!», sagt Aquilina zu mir. Trotz des lauten Bellens gelingt es mir, die Namen zu verstehen, und ich denke, dass ich gerade das Privileg habe, in einer Wohnung in der Reina-Strasse eines der letzten Überbleibsel des Kalten Krieges zu bezeugen.
Laika, eine Strassenhündin, genau wie das sowjetische Original, wurde von Zoe noch sehr klein in einer Kiste in einem Müllcontainer gefunden. «Ich verstehe nicht, wie jemand einem so kleinen Tier etwas antun kann.» Doch Laika erwies sich als sehr stark. «Wenn sie den Hunger in Havanna überstehen konnte, wird sie definitiv auch in einer anderen Galaxie überleben.» Lassie ist wiederum hübscher, hat feinere Züge und etwas längeres Fell. Sie bewegt sich gemächlich zwischen den Möbeln, kommt jetzt, wo sie mich kennt, auf mich zu und leckt mir die Hand. Die beiden Hündinnen sind unzertrennlich wie die beiden Schwestern.
«Insgesamt sind wir fünf Kinder, die alle hier in Centro Habana geboren und aufgewachsen sind.» Ebenso wie ihre Eltern. Zwei Schwestern leben in Alamar, einem Vorort Havannas, erbaut nach sowjetischem Vorbild. Der einzige Bruder ist 1980 in die Vereinigten Staaten ausgewandert. Zoe ist 77 Jahre alt, hat ihr ganzes Leben lang als Büroangestellte gearbeitet, ist geschieden und erhält eine Rente von 3.056 Pesos. Aquilina wurde vor genau einem Jahr Witwe; ihr Mann starb laut Ärzten an Corona. Sie war immer Hausfrau und bekommt 2.100 Pesos als Pension. Sie leben seit jeher zusammen, vor, während und nach der Heirat. «Keine von beiden hatte Kinder. Wenn der Herr es nicht wollte, hatte er seinen Grund. Das sind Dinge, die man nicht erzwingen kann.»
Erst vor ein paar Stunden hatte ich Aquilina im Speisesaal der Pfarrei Sagrado Corazón de Jesús kennengelernt. Jeden Mittwoch und Freitag kommt Aquilina, die von den beiden die Spaziergängerin zu sein scheint, in den Speisesaal. Sie holt ihre Portion und die ihrer Schwester, um sie mitzunehmen und gemeinsam in der Wohnung zu essen. In einem gepflegten Saal mit den grossen Fenstern warten die Gäste an den langen, mit Tischtüchern gedeckten Tischen. Dort servieren Freiwillige des Loyola-Zentrums in Havanna nicht nur älteren Menschen, sondern auch allen Hungernden das Mittagessen. Im Hintergrund erklingt liturgische Musik, während Schwester Berglis, die Leiterin des Zentrums, jeden mit einem Lächeln und der Gelassenheit, die der Glaube schenkt, empfängt. Der Speisesaal des Loyola-Zentrums ist wie ein Tropfen Wasser im offenen Meer. Auf den Strassen Havannas wandern immer mehr hungernde Menschen umher.
Seit ich die Essenshalle betreten hatte, war mir Aquilina aufgefallen. Sie trug eine Mundschutzmaske, sodass ich nur die Hälfte ihres Gesichts sehen konnte. Dennoch liessen mich ihre lebhaften Augen auf sie zugehen. Gloriana, eine der Koordinatorinnen des Loyola-Zentrums, stellte sie mir vor und erläuterte ihr meine Idee. Wir sympathisierten sofort miteinander und sie willigte begeistert ein, dass ich sie nach dem Mittagessen besuchen durfte. Jetzt bin ich in ihrer Wohnung und lerne ihre Schwester Zoe sowie die Hunde Lassie und Laika kennen. «Auch die Feiertage sind in Loyola sehr schön. Wir feiern gemeinsam Weihnachten, den Muttertag, den Vatertag usw. Es werden sogar Geschenke verteilt», erzählt mir Aquilina mit dem Gesicht eines achtzigjährigen Mädchens, während sie Lassie fest an ihre Wange drückt.
Jede Ecke des Wohnzimmers inspiriert mich zu einem Porträt. Ich versuche, meine Gedanken zu ordnen, und bitte die beiden, sich an den Esstisch zu setzen, der den Raum dominiert. Dort nehmen die beiden Schwestern sowie Lassie und Laika in perfekter Haltung Platz. Ich muss keine weiteren Anweisungen geben, denn alles passt. Ich mache das erste Porträt. Aquilina und Zoe sind sehr amüsiert. Sie finden die Idee, fotografiert zu werden und eines Tages in der Presse zu erscheinen, toll. «Vielleicht kannst du diesen Bericht sogar an ‚Radio Martí‘ schicken», sagt mir Aquilina mit einem Augenzwinkern.
Wir machen eine Pause, während ich die Wohnung nach weiteren Orten mit gutem Licht absuche. Doch dann ruft Zoe mich zu sich. Sie holt eine Plastikschüssel aus dem Kühlschrank und reicht sie mir. Ich sehe eine trübe, gelbe Flüssigkeit. «Suppe, oder?» «Das behaupten sie! Das gibt der Staat den bedürftigen älteren Menschen zum Essen. Jeden Tag dasselbe zum Mittag- und Abendessen. Das ist keine Nahrung», erklärt Zoe mit ihrer rauen, aber diesmal auch entschlossenen Stimme, während sie mit ihrem langen Finger nach oben zeigt. Auf dem Tisch sehe ich zwei 1-kg-Beutel Reis und eine winzige Dose mit genau 70 g Sardinen in Tomatensauce. «Das haben wir jetzt für den ganzen Monat von der Lebensmittelkarte bekommen. Aber mach dir keine Illusionen: Die Sardinen sind nur für Menschen über 65; die eine kleine Dose», präzisiert Aquilina. Zum ersten Mal seit ich sie getroffen habe, verschwindet der freundliche Ausdruck aus ihrem Gesicht und ihr fordernder Blick durchdringt die dicken Gläser ihrer Brille, um sich auf mich zu richten, in Erwartung meiner Reaktion.
Ich schaue sie an, sage nichts, empfinde nur Traurigkeit.
Havanna, Dezember 2025

















